Ansorena
Coro López-Izquierdo
 La ronda de las ciudades
10 de enero - 16 de febrero
2023
La exposición

LA RONDA DE LAS CIUDADES


Miembro de una ilustre saga de arquitectos, Coro López-Izquierdo promovió en 2021 una preciosa e interesante muestra en torno a la misma, que tuvo por marco la Fundación Valentín de Madariaga de Sevilla: López-Izquierdo: Cinco generaciones de arquitectos. Ya conocía cuadros suyos vía su galería, Ansorena, pero esa exposición, que recorría un siglo y pico de arquitectura madrileña, de la modernista Colonia de la Prensa carabanchelera de su bisabuelo, Mario López Blanco, a las últimas realizaciones de los tataranietos de aquél, me hizo entender mejor el contexto en que surge la propuesta estética de la pintora, y más en concreto cuál es el origen de su pasión por las ciudades. Aunque desde 1983 haya sido docente de dibujo arquitectónico, su principal Norte ha sido la pintura, una pintura, eso sí, fundamentada en una cultura de la edificación, algo que ya estaba meridianamente claro en sus cuadros de finales de aquella década, en que representaba interiores en obras, así como carretillas y otros útiles de construcción.


Coro López-Izquierdo no es una “arquitecta que pinta” (lo han sido Miguel Fisac o Fernando Higueras, lo es hoy mismo Óscar Tusquets), sino una pintora con formación y visión de arquitecta, consciente de la tradición familiar en que se inscribe. Por la academia de dibujo López-Izquierdo, fundada en la plaza del Callao por su abuelo, han pasado casi todos los grandes; uno de ellos, César Ortiz-Echagüe, me hablaba hace poco de lo importante que fue para su formación, como para la de otros de sus compañeros de generación, su paso por ella. En la exposición, por lo demás, brillaban los encargos fotográficos que el padre de la pintora, Enrique López-Izquierdo Camino, autor de importantes salas de espectáculos madrileñas, le hizo a Paco Gómez.


El punto de partida de la pintura de Coro López-Izquierdo es siempre la deambulación urbana, ese Paseo que dio título a su individual de 2011 en Casa de Vacas, individual subtítulada “Destiempos de centro-ciudad”, y enteramente dedicada a Madrid. Su mirada de moderna vedutista registra espacios urbanos con ánimo topográfico. El catálogo de esa muestra incluye un mapa de la capital, con la indicación de algunas de las derivas en él documentadas. Lleva además un prólogo de Abel H. Pozuelo, que explica algo precioso, y es que de repente, en una reconstrucción sui generis de la Plaza del Ángel, él detectó un rostro: el de Georges Perec. Rostro arribado al cuadro en cuestión por mágico azar: la pintora no había caído en la cuenta de que era el del autor de Les choses. Cuadro bautizado acto seguido, conjuntamente, Homenaje a Georges Perec: un cierto eje Madrid-Belleville.


Una especialidad de la pintora ha sido y siguen siendo la recreación de los comercios tradicionales madrileños: bodegas centenarias, ultramarinos, granjas, hueverías, panaderías, churrerías, carbonerías, fontanerías, sastrerías, maleterías, joyerías, farmacias, almonedas… Bonita letanía la de estos establecimientos. En unos casos abiertos, aunque vacíos de público, que prácticamente nunca hay figuras en la obra de esta pintora. En otros, con los oxidados cierres metálicos echados. Como antes que ella Eduardo Vicente, Juan Esplandiu, Alfredo Ramón, Amalia Avia o Alfredo Alcaín, nuestra pintora ama este tipo de escenarios, aunque en ocasiones también ha acometido la tarea de evocar edificios emblemáticos, por ejemplo el monumental Real Hospicio (hoy museo) de la calle de Fuencarral, del churrigueresco Pedro de Ribera.


Coro López-Izquierdo ama las ciudades con poso de siglos. Su Madrid natal es una de ellas. Roma, otra, donde se va a fijar en la española (y por siempre twomblyana) Via Monserrato. Milán. Nápoles. Brindisi. Lisboa y la vecina Sintra. Faro y el Algarve. Berlín y su atmósfera siempre inquietante. Múnich. Kassel. París. Burdeos. Lyon. Niza, tan italiana. Bastia. Gante. Praga y unos atlantes. Nueva York, tan europea. La Habana y Cienfuegos. Segovia, Riaza, Sepúlveda, Turégano, y La Granja. Puerto Lápice. Sevilla, la Roma andaluza. El Puerto de Santa María. Algeciras. San Roque. Gibraltar. Granada. Úbeda. Túnez. Finis Terrae, también. Por ejemplo, en Sicilia, Catania y Siracusa. Los viejos palacios siracusanos, tan heridos por el paso de los siglos y la humedad del Mediterráneo, le han inspirado a la pintora madrileña varios cuadros y polípticos especialmente sugerentes; un dibujo que es puro encaje, Puertas de Siracusa (2002); y sobre todo la impresionante muralla, metro y medio de alto por tres de ancho, titulada Quintuplo Siracusa (2000). Por ejemplo, La Valletta, la capital de Malta, ciudad impar que también forma parte del mundo que uno ha visto, laberinto urbano que lo tiene todo para elegirlo como escenario de una novela… o de algunos de los cuadros (precioso el titulado Malta vertical) que en 2000 figuraron en su individual en la Galerie Rocha de París, o de ese otro de 2002 que representa un mirador. (La novela a escribir podría titularse Un mirador en Malta).


Prosigue la pintora, en esta nueva muestra en Ansorena, la ronda de las ciudades. Diecinueve años ya hace de su primera muestra en ella, a la que llegaba tras haber pasado por Peironcely (galería que por mi parte asocio con las ya desaparecidas Sofía Morales y Elena Santonja) y por Kreisler.


Recién terminado (cuando visité el abarrotado estudio de la pintora en la plaza de Chamberí, todavía estaba en proceso), Gante en grises, inspirado en arquitecturas fin de siècle, es un cuadro que me recuerda alguno de los trabajos siracusanos y malteses. Gante vertical, podría titularse, y pienso en la antes aludida Malta vertical, pero también en una Habana vertical de 2000. Otro del año pasado, horizontal este, sobre la misma ciudad, Bicicletas en Gante 2, está inscrito en la propia tradición pictórica belga, ese simbolismo, tan pre-metafísico ya, de Khnopff (¡sus visiones de Brujas la muerta!), Spilliaert y otros, que conduce a Magritte y a Delvaux. Cuadros estos de Gante (en la exposición hay otros tres asimismo inspirados en esa ciudad) en verdad portentosos, prodigio de vida quieta, y a la vez exaltación el segundo de la bicicleta.


También me parece portentoso Pasaje en Milán, una de las dos vistas urbanas aquí incluidas de la ciudad del Po y los naviglios. Ciudad escondida, reservada, de trastiendas y patios secretos, como lo es Cracovia. Nápoles está presente, vía Fuga hacia el verdor, importante tabla en grises, recortada, con curiosos juegos de falsas perspectivas, protagonizada por un frente de poderosas fechadas, con patio al fondo. Otra de tonalidad y espíritu similares, Obsoleto, Malasaña, está en cambio inspirada en un rincón de ese barrio madrileño.


En Recorrido por Lyon, la pintora expresa una urbe que por mi parte solamente conozco al paso. Cuadro de atmósfera sombría e inquietante, nos lleva hacia el inverosímil laberinto de las traboules, que conocemos por fotografías, y también por los relatos de la Resistencia francesa, de la que fue una de las capitales, obviamente con París, presente en la muestra con un cuadro de bicicletas. (La bicicleta, uno de los leitmotiv de esta obra).


Geográfica y mentalmente más cerca, Lisboa, que de Ramón Gómez de la Serna en adelante ha contado tanto para los creadores españoles, no podía no ser un territorio de elección para nuestra pintora, que aquí nos da a ver una fabrica de loiça, en un cuadro feliz a flor de piel, con algo de oriental como lo tienen siempre los azulejos lusitanos que adornan tantos rincones de esta ciudad. El Extremo-Oriente, en la muestra que documenta este catálogo, está por lo demás presente vía tres cuadros inspirados en China: uno de Shanghái, y dos de Luzhi, donde ha impartido talleres.


Uno de los lugares recurrentes en esta exposición es el Puerto de Santa María. Villa blanca de cal, luminosa, cuadriculada, casi trasatlántica ya como el propio Cádiz. La pintora lleva años pasando temporadas en ese entorno. Estos cuadros no son los primeros suyos de temática portuense. Incorporan los palacios, y las habituales tiendas, pero también desconchones (pretexto para un miniciclo casi espacialista), azulejos, grafitis…


Coro López-Izquierdo sabe que hoy la ciudad es también su apropiación por grafiteros y demás artistas urbanos. Lejos de encerrarse en una actitud pasadista o apocalíptica, aunque siente nostalgia y melancolía ante lo que queda de la ciudad del pasado, no mira con desdén a esos competidores por el espacio urbano, con sus caligrafías invasivas, sus colores estridentes, sus figuraciones raras, o sus geometrías, como las de sus conocidos los Boa Mistura, o las de mi amigo Eltono. Sabe que a la postre aportan algo nuevo al laberinto urbano. En algunas de sus composiciones recrea realizaciones ajenas, por ejemplo de Bansky, y en otros da forma a su propio arte callejero, de su cosecha. También hace intervenciones, en algunas de sus fachadas figuradas, Mariano J. Villalonga: animales, cuerpos, rostros humanos... Esas propuestas centraron Desplazamientos: Arte urbano, su individual de 2017 en el COAM, con un catálogo con un prólogo enjundioso de Óscar Alonso Molina. Recurre, además, en no pocos de sus cuadros, al collage, mientras incorpora a otros elementos tridimensionales. Junto a sus clásicos comercios antañones, en su pintura actual no faltan por lo demás videoclubs, cartelería rockera, y otros signos de los tiempos que corren.


En la paz de la meseta, la vieja estación abandonada de Sotopalacios (Burgos) constituye el escenario de otros dos cuadros especialmente afortunados, recoletos, melancólicos. De repente, en uno de ellos, la sorpresa, casi surrealista en ese contexto, de unos inesperados cactus, la planta moderna de los twenties.


Frente a tanto viaje a ciudades que pintar, para Coro López-Izquierdo, miembro de pleno derecho del club de los adictos a La Granja (evocado en un cuadrito de 2018 titulado Moto en Caballerizas, La Granja), son muy importantes los momentos de remanso. Adora la inmovilidad, la calma y el silencio del Real Sitio, que están en el origen de un hermoso ciclo de obras también de pequeño formato iniciado precisamente ese año. Ciclo en que combina fotografía sobre aluminio, y pintura. Ciclo en marcha, del que aquí se enseñan algunos ejemplos, siempre subtitulados con el día y hora exactos en que fue tomada la instantánea. Piezas que nos hablan de la necesidad que siente su autora de volver siempre a esas aguas del pantano, a esos rumorosos ramajes, a esos cielos, en definitiva a algo así como su particular Giverny. Testimonio de una urbanita que desea sumergirse en la naturaleza, y practicar, al contacto con ella, lo que los franceses llaman “se ressourcer”, término difícil de traducir al español, referido a la búsqueda de la fuente (la source), de la raíz.


 


                                                                                         JUAN MANUEL BONET

Biografia

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