Ansorena
Coro López-Izquierdo
Construyendo entornos
13 de febrero - 16 de marzo
2018
La exposición
EL VIAJE REAL-IMAGINARIO DE CORO LÓPEZ-IZQUIERDO


 


 


Amalia García Rubí


 


Coro López-Izquierdo, Madrid 1958, lleva años dedicándose a la pintura, una actividad compaginada con su labor docente en la Escuela Técnica Superior de Edificación de Madrid. De sus manos han salido cuadros extraordinarios que aúnan afán investigador, lirismo y destreza, superando el arte de género tanto como el realismo tradicional. Así lo atestiguan las obras reunidas en esta exposición de Ansorena, compuesta por grandes óleos sobre arquitectura urbana, algunos dibujos y una selección de breves pero delicados paisajes fotografiados y pintados sobre planchas de metal, donde el motivo de masas boscosas queda relegado a la impresión meditada, como filtrada por el tamiz de la síntesis natural, para crear atmósferas y reflejos que denotan una enorme sensibilidad perceptiva -


 


La ciudad diseccionada, fragmentada en un conjunto alternativo de fachadas convertidas en cuadros gigantes por pintores callejeros anónimos o conocidos, ocupa buena parte de la temática de Coro López-Izquierdo. El cuadro dentro del cuadro y su interpelación subjetiva que es también una actitud racional frente a lo planteado,  articulan una de las invenciones más fecundas y atrevidas de su singular personalidad. La aventura de pintar arranca de las acciones acometidas por otros colegas sobre muros, balcones, persianas, portales…de edificios antiguos con los que la artista se va encontrando en diferentes distritos de Madrid, Berlín, París, Nápoles.  La obra se concibe como algo vivo, un ámbito en constante evolución, al igual que lo son las calles representadas en su superficie. Es también un espacio de interacción para establecer vínculos mnemotécnicos con el lugar real, aplicando técnicas muy diversas, óleo, fotografía, collage, grafito e incluso escultura y volúmenes ensamblados.  La artista lleva a cabo un inteligente ejercicio plástico en permanente revisión, donde poder retozar con los elementos visuales brindados por la ciudad a la imagen pintada. Cierta estética urbana propia de la cultura popular  mass-media, pudiera sustentar el núcleo de su producción.  Sin embargo, la calidez de estos lienzos, el sentido emocional inoculado en ellos y la tenue apertura a  lo espontáneo, se alejan del frío repertorio reproductivo de anuncios publicitarios y rótulos luminosos  tan afines a las corrientes realistas e hiperrealistas posmodernas.


 


“Paseo imaginariamente en bicicleta o camino por las ciudades que me interesan. Me detengo frente a un edificio visitado con anterioridad para comprobar cómo va mutando su aspecto exterior,  tanto por la acción del paso del tiempo como por la gente que lo habita o lo interviene ornamentalmente”. Coro López-Izquierdo suele explicar el proceso creativo de sus obras entendiendo el arte como un incesante análisis “deconstructivo” (destruir para construir)  basado en la dicción controlada de la pintura.  El objeto-cuadro es a menudo retomado para resucitar ciertos aspectos envilecidos o caducados de su “fisonomía”; se somete a una suerte de operación quirúrgica que lo rejuvenece, lo devuelve al presente, actualizándolo. Hay algo de performance en las recreaciones de la artista madrileña, y mucho de seducción virtual, de curiosidad saciada a través de la captura de lo ya existente. Cuando la obra parte de cero, el paisaje de la ciudad, el parque, la casa, afloran desde la pintura misma sobre el blanco virgen del lienzo. Tras varias fases preparatorias, los nuevos cuadros irán fraguándose en sucesivas jornadas hasta configurar un todo bellamente integrado.


 


Coro López-Izquierdo cimienta el quehacer diario sobre la disciplina del espacio-tiempo, coordenadas que, valga la obviedad, le sujetan a su mundo íntimo. El remanso del entorno cotidiano parece una metáfora euclidiana de su propia filosofía vital.  Un amplio cubo de altas paredes y varias estancias abiertas configura el interior del taller donde trabaja, situado a pie de calle, en el ángulo recto de las fachadas en esquinazo que cierran el trazado cuadrangular de una pequeña plaza madrileña, céntrica y tranquila. “Este es mi refugio, mi lugar de reflexión y diálogo con los cuadros que voy pintando”. Dentro, todo guarda un orden relativo, agradable, ajustado a la necesidad. El leve griterío infantil que viene de afuera, añade un toque poético “machadiano” al momento de mi llegada. “Casi siempre pinto por las mañanas, prefiero la luz natural”. El sol cálido del mediodía penetra a raudales por los ventanales convenientemente protegidos por estores traslúcidos que actúan a su vez de pantallas sobre las que se proyectan sombras rectilíneas. En una asociación de ideas casi inconsciente, engarzo esta imagen con la geometría de los vanos que Coro suele pintar. En el caballete (otro gran rectángulo-ventana) descansa su última “arquitectura robada”, un cuadro de dimensiones generosas cuyo  pronunciado formato vertical ha sido el punto de partida para desplegar con exactitud lineal un plano ascendente basado en el módulo rectangular que parece multiplicarse en distintos acotamientos simultáneos: lienzo-fachada-puerta-ventana-balcón-dintel-cornisa. Los colores armonizan los volúmenes de esta casa de varios pisos a la que presumiblemente no nos es permitido acceder, y otorgan a la composición una ambientación realista y fantástica a la vez. La apariencia de fresco dada al pigmento oleoso, baña de luces ensuciadas o intensas el muro, ocupando su dureza pétrea la práctica totalidad de la tela.


 


Detrás de cada pieza emprendida por Coro López-Izquierdo hay un arduo estudio previo pero esa complejidad de procedimiento no  empaña la frescura que caracteriza a sus obras. Cada cuadro conserva la manera única de expresar la realidad mediante la pintura, sin excesiva rigidez científica. Pequeños detalles que nos son próximos, salpican de humanidad las escenografías calladas de estos cuadros: unas motos aparcadas a la entrada del portalón, una bici apoyada en el zócalo, una farola, unas macetas en el balcón, el dibujo romboidal de las aceras… espléndidos “bodegones arquitectónicos” cuyo broche de oro lo ponen los murales y grafitis reproducidos meticulosamente por la artista sobre los revoques de apariencia desgastada. Todo adquiere un misterioso aire de barrio al amanecer, fruto de la mirada indiscreta sobre la ciudad sin ruido, sin contaminar todavía por el ajetreo diario.  Poco a poco asoma la pintura misma:  el óleo y sus mezclas, la emulsión ajustada a las texturas, los materiales, las luces, las siluetas sólo intuidas de esa realidad deshabitada, cuyas tramoyas casi literarias se nos representan como la puerta prohibida al mundo privado que suponemos encierran al otro lado. Un microcosmos condenado a sufrir sus últimos estertores porque está siendo fagocitado por esa otra realidad urbana arrolladora, estimulante y dinámica, cuya extraña simbiosis anacrónica con lo viejo, Coro López Izquierdo pareciera tener la urgencia de testimoniar en sus pinturas.

Biografia

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